Cómo tratar los comportamientos de morder en niños pequeños
Ronald Banks y Sojin Yi
2002
Los comportamientos de morder en niños pequeños son motivo de preocupación para padres y cuidadores de niños. Aunque poca investigación empírica se enfoca específicamente en este tema (Claffey, Kucharski y Gratz, 1994), una variedad de recursos prácticos ofrece algunos consejos a padres y proveedores de cuidado. Este informe discute (1) por qué muerden los niños pequeños, (2) qué tan comunes son los problemas de morder, (3) las maneras de intervenir que podrían considerarse, y (4) cómo pueden relacionarse los maestros o cuidadores con los padres e incluir a ellos con el tratamiento de los comportamientos de morder.

¿Por qué muerden los niños pequeños?

La literatura sugiere que la fase de morder puede ser una del desarrollo normal para bebés y niños de hasta dos años de edad, sin casi ninguna importancia duradera en el desarrollo. Una vez que cumple un niño los 3 años, sin embargo, el morder podría indicar otros problemas de comportamiento, especialmente si son frecuentes los incidentes de morder. Ya que la mayoría de incidentes de morder se debe a la etapa del desarrollo del niño, los peritos recalcan que el morder no es motivo de echarle la culpa al niño, a los padres o a los maestros (Greenman y Stonehouse, 1994).

Los bebés

Para los bebés, los teóricos del desarrollo sugieren que el morder probablemente constituye una forma de exploración-los bebés usan la boca para explorar porque es una de las partes más desarrolladas de su cuerpo. Cuando los bebés muerden, también podría ser una forma primitiva de comunicarse; probablemente el bebé no se da cuenta del lazo entre el morder y el dolor ajeno (Claffey, Kucharski y Gratz, 1994; Marlowe, 1999; Oesterreich, 1995). Los bebés también actúan por impulso y carecen de autodominio; algunos bebés tal vez muerdan simplemente porque hay algo allí que pueden morder; otros muerden cuanto están emocionados o reciben demasiado estímulo (por ej., la música estimula al bebé, quien entonces muerde a alguien porque está tan alegre y emocionado) (Greenman y Stonehouse, 1994). De ahí que la literatura concluya que los bebés muerden porque quieren oler y tocar objetos, experimentar con la causa y el efecto, o aliviarse el dolor de dentición (la Asociación Nacional de la Educación de Niños Pequeños, o National Association for the Education of Young Children [NAEYC, 1996] sugiere ofrecer a los bebés que pasan por la dentición los juguetes de masticar, roscas de pan congeladas y otros objetos seguros-véase http://www.kidsource.com/kidsource/content3/biters.p.t.4.html).

Niños de uno a tres años de edad

Oesterreich (1995) y otros teóricos creen que, como en el caso de los bebés, el morder en los niños entre los 12 y los 36 meses de edad representa una forma de comunicación (por ej., para comunicar la frustración mientras aprenden habilidades sociales, lingüísticas y de autodominio). Oesterreich también postula que los niños de esta edad raramente hacen planes de antemano, sino que más bien perciben y actúan basado en lo que experimentan al momento. Los niños de hasta tres años de edad, mantiene Oesterreich, no disponen del lenguaje necesario para controlar una situación, o sus intentos de comunicarse no se entienden o no se respetan. El morder llega a ser un modo poderoso de comunicarse con y controlar a otros y el ambiente. El morder demuestra la autonomía y es una manera rápida de obtener un juguete o llamar la atención (Oesterreich, 1995). Muchos niños de esta edad demuestran gamas extremas de emociones, tanto alegres como tristes, y les hacen falta las maneras de clasificar y comunicar estas emociones. Demasiados desafíos (de actividades demasiado difíciles), exigencias, deseos y obstáculos pueden enojar y frustrar a estos niños y tal vez resulten en que muerden. Muchos niños de esta edad todavía no entienden cómo compartir las cosas o que el contacto físico puede causar dolor, y necesitan aprender otras maneras de comunicarse aparte de morder (Claffey, Kucharski y Gratz, 1994).

Los cuidadores de niños han señalado que los niños de hasta tres años de edad quizás muerden también cuando experimentan un evento que les causa estrés, una falta de rutina que les agita particularmente, o interacción inadecuada con adultos. Según indican Claffey, Kucharski y Gratz (1994), los niños de esta edad tal vez son más propensos a morder si hace más de 5 minutos que no interactúan con adultos. Otros niños tal vez muerden como estrategia de auto-defensa, o tal vez simplemente imitan a otros niños que muerden (Marlowe, 1999; NAEYC, 1996).

Niños de edad preescolar

Si de ocurrencia infrecuente o rara, los niños de edad preescolar tal vez muerden por algunos de los mismos motivos que tienen los bebés y niños de hasta tres años de edad-para controlar una situación, para llamar la atención, como estrategia de auto-defensa, o por extrema frustración o enojo. No obstante, el que un niño muerde frecuentemente después de cumplir los 3 años podría indicar otros problemas de comportamiento, ya que para esa edad muchos niños tienen las habilidades de comunicación necesarias para expresar sus necesidades sin morder. Kranowitz (1992) especula que el morder también puede ser ocasionado por una disfunción de integración sensoria en una cantidad menor de niños pequeños. Ella sugiere que un examen del desarrollo para niños de edad preescolar tal vez sea útil para identificar a los niños con disfunción táctil. (Estos niños pueden responder negativamente a sensaciones de toque, poniéndose ansiosos, hostiles o agresivos. Pueden responder de manera exagerada o insuficiente al toque, o reaccionar negativamente cuando otros están cerca. Los toques ligeros desde atrás les podrían ser particularmente agitantes, resultando, en algunas situaciones, en que muerden.)

La incidencia de comportamientos de morder

La Asociación Nacional de la Educación de Niños Pequeños (1996) estima que 1 de cada 10 niños de 1 o 2 años de edad demuestra comportamientos de morder. Garrard, Leland y Smith (1988) examinaron el registro de heridas de un centro grande (con 224 niños) de la niñez temprana. También estudiaron la información biográfica acerca de cada niño proveída por los padres a la hora de admisión y los archivos de datos financieros para documentar el registro. Determinaron que ocurrieron 347 mordidas durante el año del estudio. Setenta y dos mordidas se atribuyeron a bebés, 195 a niños de hasta tres años de edad y 80 a niños de edad preescolar. La incidencia mayor de comportamientos de morder ocurrió en Septiembre, y los niños varones de hasta tres años de edad iniciaron la mayoría de los episodios.

De los 224 niños matriculados en el centro, 29 eran bebés (de 0 a 16 meses de edad), 62 tenían entre 16 y 30 meses y 133 eran de edad preescolar (de 30 a 72 meses). Los niños de hasta 30 meses eran los más propensos a morder; cada uno de éstos inició un promedio de 3,13 mordidas por cada 100 días de matriculación (la cifra era 3,66 para varones y 2,3 para niñas). La cifra correspondiente para los bebés era una de 0,7129 mordidas y para niños preescolares, 0,5611 mordidas. No se notaron diferencias por género sexual en el grupo de bebés y el preescolar. Finalmente, ninguna característica demográfica predijo a los niños mordidos vs. los no mordidos aparte del número de días de matriculación (era más probable que se mordiera a los niños nuevos) (Garrard, Leland y Smith, 1988).

Qué hacer cuando muerden

No se halló ninguna investigación para este informe que evaluara diferentes estrategias para manejar los incidentes de morder, pero la literatura sí presenta unas ideas prácticas sobre cómo tratar a un niño que muerde, ofrecidas por peritos, cuidadores de niños y padres.

Responda inmediatamente

Los bebés tal vez todavía no entiendan la diferencia entre morder un juguete y morder a una persona, de modo que un mensaje repetido en un tono sincero que comunica el dolor (decirle "¡Huy! Pepe, ¡eso me duele!") puede ayudar a enseñarles a los bebés a la edad de 4 meses y más a no morder a otros (Marlowe, 1999).

La literatura avisa enfáticamente que los cuidadores y padres no muerdan al niño que muerde como castigo o para mostrarle cómo se siente uno cuando se le muerde. El morder como castigo le comunica al niño que la violencia es aceptable (Claffey, Kucharski y Gratz, 1994; Garcia, 1999; NAEYC, 1996). Ya que los teóricos creen que el morder tal vez tenga relación con la etapa del desarrollo del niño, no se avisa el castigo en general ni en casa ni en un centro de cuidado infantil (Greenman y Stonehouse, 1994). Más bien, los peritos recomiendan que se enfoque la atención en la víctima, escudándola del niño que le mordió, iniciando primeros auxilios como sean necesarios, y consolando a la víctima (Claffey, Kucharski y Gratz, 1994; Greenman, 1995).

Garcia (1999), y Greenman y Stonehouse (1995), sugieren que los niños de 2 años de edad o más que muerden podrían sacar provecho de ayudar en el proceso de primeros auxilios. El niño que mordió puede ayudar a la víctima demostrando el "toque suave," hacer que el niño que mordió le frote el brazo a la víctima y ayuda con el cuidado a la víctima en general para enseñar el comportamiento de cuidar (sin dejar que estas actividades se hagan un juego). Otras fuentes de información recomiendan que se aparten a los niños que muerden de la situación sin movimientos dramáticos, atención ni una respuesta emotiva que podría darles reforzamiento negativo. Los padres y cuidadores podrían decirle al niño que muerde que "no está bien morder," "No puedo dejar que lastimes a tus amigos," etc. Los niños de hasta tres años de edad en particular tal vez no entiendan un tiempo de "descanso" (time-out) como castigo, pero los cuidadores tienen que asegurar que el que mordió no esté cerca de otros niños hasta que él o ella se haya calmado y pueda dirigírsele a otro juego (Garcia, 1999; Greenman, 1995; NAEYC, 1996).

Habilidades de la comunicación del estrés

Greenman (1995) sugiere que se puede enfatizar el enseñar a los niños que muerden a desarrollar y utilizar sus habilidades de comunicación expresiva en vez de morder, para que puedan aprender a "usar palabras" para comunicar sus sentimientos. Los cuidadores hábiles fomentan constantemente el uso del lenguaje por el niño para mejorar el desarrollo cognitivo, y algunos expertos creen que fomentar el desarrollo lingüístico de los niños también ayuda a reducir los comportamientos de morder. Por ejemplo, si otro niño le está quitando un juguete a un niño que tiene antecedentes de morder, los cuidadores pueden enseñar al que posiblemente muerda a decir "alto," "mío," etc., y decirle al niño "No mordemos a la gente, mordemos la comida" o "Le duele al que muerdes" (Hewitt, 1995). Claffey, Kucharski y Gratz (1994) y Legg (1993) sugieren que puede ser una ayuda el uso de lenguaje positivo al decirle al niño que "toque suavemente" en vez de "no pegues" o "no muerdas." También sugieren que los cuidadores podrían ayudar a los niños a poner los sentimientos en palabras al decir "Pedro, me parece que estás enojado. Dile a Amelia que deje de arrastrarte, que no te gusta." Los cuidadores y padres deberían intentar usar el lenguaje específico. En vez de decir "Deja de tratarle mal a Pedro," por ejemplo, podrían decir "Pedro está enojado porque le estás quitando su camión." Los peritos también recomiendan enseñarle constantemente al niño a decirles "no" a otros niños en vez de morderlos (Todd, 1996).

Examine el contexto

Los peritos recomiendan que se hagan esfuerzos por examinar el patrón de incidentes de morder para cerciorar si tales factores como demasiados niños dentro de un espacio, un exceso de estímulos, una falta de juguetes, de atención o de supervisión u otros factores parecen anteceder los episodios de morder. Garcia (1999) sugiere que los cuidadores se hagan adeptos de observar el estado físico del niño y de notarse de si otros factores como dientes nuevos u otros tipos de dolor en cierto día parecen tener una asociación con aumentos de episodios de morder. Los cuidadores podrían considerar si los niños muerden cuando tienen hambre o sueño, o alguna irregularidad de los intestinos. Algunos peritos creen que las emociones y factores que llevan al estrés, como un bebé nuevo en casa, podrían tener una asociación con un aumento de episodios de morder para ciertos niños (Garcia, 1999).

Cree ambientes físicos y de aprendizaje positivos

Si los cuidadores determinan que un niño muerde más de una vez al día por más de una semana, los peritos sugieren que probablemente es hora de desarrollar un plan para disminuir las mordidas. Recomiendan intentar romper el ciclo con una variación de las actividades y el horario del niño. Legg (1993) sugiere que podría ser útil bajar el número de niños de hasta tres años de edad en un salón para mejorar la calidad del programa (un grupo sale afuera, otro queda en el salón, etc.). Los peritos sugieren que se lleve la cuenta de estos cambios en un registro escrito para que ayude a determinar el contexto de los incidentes de morder y a mostrar los resultados de intervenciones (Claffey, Kucharski y Gratz, 1994; Hewitt, 1995).

Greenman (1995), Hewitt (1995) y NAEYC (1996) sugieren que el intento de mantener una rutina constante, desarrollar y mantener rituales, y hallar maneras eficaces de tranquilizar a los niños después de la actividad enérgica o durante momentos de transición (utilizando música tranquilizadora, contacto físico relajado/ tranquilizador, etc.) podría aliviar las condiciones que conducen a episodios de morder. Estos peritos también recomiendan que se evite poner en el mismo grupo a niños que han mordido y víctimas anteriores al grado que sea posible.

Varios peritos (por ej., Claffey, Kucharski y Gratz, 1994; Garcia, 1999; Greenman, 1995) sugieren que los cuidadores examinen el ambiente del centro e intenten minimizar la densidad de personas, la confusión, la competición por juguetes y la atención de adultos, la frustración y el aburrimiento. Los niños pequeños lo pasan mejor en grupos pequeños, según estos peritos, de modo que esparcir las actividades y el personal podría ayudar a reducir los comportamientos no deseados. También sugieren las siguientes estrategias para cuidadores:

  • Sepa cuáles juguetes y materiales educativos son los preferidos de los niños y provea más de una copia (¡ya que el compartir las cosas no siempre es parte del comportamiento de los niños de esta edad!).
  • Provea una variedad de opciones y decisiones motrices y sensorias (por ej., hacer que los juguetes y estructuras para trepar sean desafiadores pero no tan frustrantes que los niños se enojen o se aburran). Ajuste el horario para que los niños coman y tomen la siesta cuando están empezando a tener hambre y sueño en vez de cuando estas condiciones lleguen a estar extremas.
  • Encuentre maneras de fortalecer el sentido de seguridad y estabilidad en el ambiente.
  • Mantenga una rutina constante que minimice las sorpresas para los niños.
  • Asegure que el niño tenga tiempo de calidad con su cuidador principal preferido.
  • Crea lugares cómodos y acogedores para pasar un rato.
  • Evite cambios innecesarios en el personal.
  • Desarrolle y mantenga rituales del grupo.

Claffey, Kucharski y Gratz (1994) detallan otros factores del ambiente que considerar, como crear un equilibrio de espacios abiertos y cerrados para que los niños puedan desplazarse libremente pero también sentirse protegidos y no abrumados. Sugieren que las estanterías y mesas sean bajas para que los niños siempre estén a la vista. Los colores deberían escogerse con cuidado para que el ambiente general de los colores no sea demasiado estimulador. Se deberían utilizar materiales que absorben los ruidos para que el ambiente comunique un sentido de calor emocional y seguridad. Los materiales pueden ser de uso flexible para que puedan usarse en muchas maneras distintas y acomodar habilidades diferentes (escoger bloques que se pueden amontonar, ordenar, clasificar, etc.).

El sitio Web del Children's Environments Research and Design Group (Grupo de Investigación y Diseño de Ambientes para Niños) en la University of Wisconsin-Milwaukee ofrece consejos adicionales en cuanto al diseño de ambientes para niños pequeños [véase http://www.uwm.edu/Dept/cerdg/].

La educación de maestros y cuidadores

Legg (1993) sugiere que los maestros y cuidadores necesitan entender por qué muerden los niños y la gama de cuestiones de desarrollo que entran en juego cuando los niños de hasta tres años de edad reciben el cuidado grupal. Deberían entender que los niños muy pequeños no tienen el desarrollo suficiente para compartir, y que los niños de esta edad se comunican físicamente antes que estén listos para utilizar el lenguaje. Ya que son limitadas sus habilidades de comunicación expresiva y conciencia social, los niños de esta edad tal vez tiendan a dar empujones y morder a otros. Claffey, Kucharski y Gratz (1994) notan que los cuidadores apropiadamente capacitados podrán guiarles de manera positiva para enseñar a los niños en su cuidado cómo jugar seguramente y ser corteses con los demás. Los cuidadores también tienen que hacerse adeptos en mediar las disputas. Deberían anticipar las situaciones problemáticas y mantenerse alertas. Si un niño en particular tiene dificultades con las transiciones, por ejemplo, el cuidador debería quedarse cerca del niño y alabar el comportamiento positivo, especialmente para niños que muerden. Los cuidadores pueden enseñar a los niños unas maneras apropiadas para su edad de controlar a sí mismos, lo cual fomentará su sentido de confianza y guiará a los niños que muerden hacia el autodominio mientras los aparta de morder. NAEYC (1996) sugiere que la clave para el manejo exitoso del morder es la comprensión-tanto para los niños como para los adultos. El personal de programas en centros necesita reconocer que el morder es tan normal y natural como los berrinches y aprender a usar el excusado, a la vez de aceptar su responsabilidad de proveer y mantener un ambiente seguro (Greenman y Stonehouse, 1994).

Planee para "epidemias"de morder

Cuando ocurre una proliferación de incidentes de morder en un centro, Greenman (1995), Legg (1993) y Hewitt (1995) sugieren que se tomen las siguientes medidas:

  • Programe una reunión con el director y el personal del salón.
  • Registre cada ocurrencia e indique el lugar, la hora, los comportamientos de los participantes, etc.
  • Evalúe la respuesta inmediata del personal para asegurar que fue apropiada (consolar al niño mordido y tratar la herida, darle una respuesta calma y firme de desaprobación al niño que mordió de una manera que no refuerce el comportamiento sin querer).
  • Determine el contexto de los incidentes de morder: analice, haga una tabla y extraiga conclusiones.
  • Siga de cerca de niños que tienden a morder-anticipe situaciones de morder y enseñe respuestas que excluyen el morder, adaptando el programa como sea necesario. El personal podría seguir de cerca por 2 semanas a un niño con un problema severo de morder para impedir este comportamiento, ya que hay alguna evidencia de que si el personal puede impedir el morder durante este plazo, el comportamiento se disminuirá.
  • Si es necesario, coloque por plazos breves a niños pequeños que muerden en una cuna o un corralito para contener al niño que muerde frecuentemente, si el maestro que lo sigue tiene que hacer otra cosa.
  • Siga de cerca de niños que suelen ser mordidos y anticipe posibles situaciones de morder; enséñelos respuestas que minimizarán la posibilidad de que lleguen a ser víctimas.
  • Considere una transición anticipada a otro salón para los niños que muerden frecuentemente, ya que los niños mayores son más capaces de defenderse.
  • Las epidemias extremas de morder tal tez exijan ayuda adicional de un consultante, educador de padres o consejero, especialmente si el comportamiento ocurre diariamente o si persiste.

La comunicación con los padres

Mucho de la literatura enfocada en cuestiones relacionadas con el morder también trata la comunicación y la colaboración con los padres. La mayoría de los peritos recalca la confidencialidad; recomiendan que los maestros o directores NO revelen a padres de otros niños la identidad del niño que muerde. En vez de esto, los peritos sugieren que los cuidadores de niños les aseguren a los padres de que están concientes del problema y están esforzándose por hallar soluciones, pero que todos los niños son capaces de tener problemas con el morder. Los padres deberían saber que el morder es una ocurrencia normal para muchos niños en situaciones de cuidado grupal, particularmente en la etapa entre 1 año de edad y el 3º cumpleaños (Greenman y Stonehouse, 1994; Legg, 1993; Todd, 1996). Estos autores también recomiendan que se informe a los padres de la posibilidad de incidentes de morder durante el proceso inicial de matriculación, o cuando los bebés hacen la transición al salón de los niños de 1-3 años de edad.

Legg (1993) también recomienda que no es una estrategia eficaz pedirle disculpas a los familiares, ya que una disculpa implica que hay un modo absolutamente garantizado para prevenir los incidentes. En vez de esto, ella sugiere que se cuente a los padres lo que se va haciendo para asegurar la seguridad de todos los niños. También recomienda enfocarse en los tratamientos de primeros auxilios que se utilizan cuando ocurren los incidentes y qué se hace además para ayudar a los niños mordidos.

Como explican Greenman y Stonehouse (1994), en casos extremos la terminación o suspensión del centro del niño que muerde tal vez se haga necesario. El centro debería tener una política que ofrece información acerca del plazo de tiempo en que se puede permitir que continúe un problema severo de morder. Es importante que se informe oportunamente a los padres de un niño que muerde para que comiencen a investigar unos arreglos alternativos de cuidado infantil. Legg (1993) sugiere que en muchos casos se necesita solamente suspender temporalmente la asistencia hasta que el niño mejore sus habilidades de comunicación.

Claffey, Kucharski y Gratz (1994) y NAEYC (1996) recomiendan que los cuidadores intenten determinar si el niño muerde en casa. Será difícil romper el patrón de morder en un centro de la niñez temprana si se permite que el niño muerda en casa sin las mismas intervenciones formales que se utilizan en el centro. Marlowe (1999) aboga por enseñar a los padres a ofrecerle opciones al niño de modo que se le dé el poder y el control al menos unas cuantas veces al día. Los cuidadores podrían mantener al día a los padres sobre el juguete preferido de su hijo, lo que pasó durante el día escolar, etc. En todo, los peritos notan que es esencial mantener relaciones positivas con los padres durante brotes de morder, para mantener al día a los padres de las estrategias que se utilizan, para mostrar empatía para con los padres tanto de niños que muerden como de víctimas respecto a sus sentimientos de impotencia relacionados con la seguridad de sus hijos, y para informar a los padres de la capacitación al personal y los esfuerzos de intervención que se hacen para remediar el problema (Greenman, 1995; Greenman y Stonehouse, 1994; Legg, 1993).

Conclusión

La comprensión de los factores de desarrollo que contribuyen a comportamientos de morder puede ayudar a los padres y cuidadores a hacer los cambios necesarios en el ambiente o la programación a fin de minimizar el comportamiento; los cuidadores han de proveer información exacta a los padres (Reguero de Atiles, Stegelin y Long, 1997). Se debería proveer dirección a los niños que muerden con el objetivo de ayudarles a desarrollar el control interno de sus emociones y acciones. Una respuesta rápida y consecuente en casa y en el centro de cuidado puede ayudar a los niños que muerden a aprender a expresar sus sentimientos mediante las palabras, de modo que lleguen a ser más capaces de controlar su comportamiento (Claffey, Kucharski y Gratz, 1994; Garcia, 1999).

Referencias

Claffey, Anne E.; Kucharski, Laura J. y Gratz, Rene R. (1994). Managing the biting child. Early Child Development and Care, 99, 93-101. (Revista de ERIC No. EJ486889)

Garcia, Veronica. (1999). Understanding and preventing toddler biting. Texas Child Care, 23(1), 12-15. (Revista de ERIC No. EJ606990)

Garrard, J.; Leland, N. y Smith, D. K. (1988). Epidemiology of human bites to children in a day-care center. American Journal of Diseases in Children, 142(6), 643-650.

Greenman, Jim. (1995). Reality bites (frequently): Biting at the center--Part 2. Child Care Information Exchange, 101, 65-67. (Revista de ERIC No. EJ503564)

Greenman, Jim y Stonehouse, Anne Willis. (1994). Reality bites: Biting at the center--Part 1. Child Care Information Exchange, 99, 85-88. (Revista de ERIC No. EJ489936)

Hewitt, Deborah. (1995). So this is normal too? Teachers and parents working out developmental issues in young children. St. Paul, MN: Redleaf Press. (Documento de ERIC No ED391589).

Kranowitz, Carol Stock. (1992). Catching preschoolers before they fall: A developmental screening. Child Care Information Exchange, 84, 25-29. (Revista de ERIC No. EJ443462)

Legg, Jackie. (1993). "What's a little bite among friends?" Child Care Information Exchange, 92, 41-43. (Revista de ERIC No. EJ467457).

Marlowe, Dana. (1999). The stages of biting. Montessori Life, 11(2), 33-34. (Revista de ERIC No. EJ584452).

National Association for the Education of Young Children. (1996). Biters: Why they do it and what to do about it [En línea]. Washington, DC: Author.

Oesterreich, Lesia. (1995). Biting hurts [En línea]. En L. Oesterreich, Bess Gene Holt y Shirley Karas, Iowa family child care handbook (pp. 239-242). Ames: Iowa State University Extension.

Reguero de Atiles, Julia T.; Stegelin, Delores A. y Long, Janie K. (1997). Biting behaviors among preschoolers: A review of the literature and a survey of practitioners. Early Childhood Education Journal, 25(2), 101-105. (Revista de ERIC No. EJ558652)

Todd, Christine M. (1996). When children bite. Day care center connections [En línea], 1(6), 3-4. Urbana-Champaign: University of Illinois Cooperative Extension Service.

Recursos

En la versión en inglés de esta página, hay otros recursos relacionados (en inglés).